
Procurad luego, hija, pues estáis sola, tener compañía. )Pues, )qué mejor que la del mismo Maestro que enseñó la oración que vais a rezar? Representad al mismo Señor junto con vos y mirad con qué amor y humildad os está enseñando; y creedme, mientras pudiereis, no estéis sin tan buen amigo. Si os acostumbráis a traerle junto a vos, y él ve que lo hacéis con amor y que andáis procurando contentarle, no le podréis echar de vos; nunca os faltará; os ha de ayudar ha en todos vuestros trabajos; lo tendréis en todas partes. )Pensáis que es poco un tal amigo al lado?
(Oh hermanas, las que no podéis tener mucho discurso del entendimiento, ni podéis mantener la atención sin distraeos!, (acostumbraos, acostumbraos!; mirad que sé yo que podéis hacer esto, porque pasé muchos años por este trabajo de no poder sosegar el pensamiento en una cosa. Mas sé que no nos deja el Señor tan desiertos, que, si llegamos a pedírselo con humildad, no nos acompañe. No nos duela el tiempo en cosa que tan bien se gasta. Digo que esto, que puede acostumbrarse a ello, y trabajar andar cabe este verdadero Maestro.
No os pido ahora que penséis en él, ni que saquéis muchos conceptos, ni que hagáis grandes y delicadas consideraciones con vuestro entendimiento; no os pido más de que le miréis. Pues, )quién os quita volver los ojos del alma (aunque sea un instante, si no podéis más) a este Señor? Mirad que no está aguardando otra cosa, como dice a la esposa (Cant 2, 14), sino que le miremos. Tiene en tanto que le volvamos a mirar, que no quedará por él.
Si estáis alegre, miradle resucitado; que sólo imaginar cómo salió del sepulcro os alegrará. Mas, (con qué claridad, y con qué hermosura, con qué majestad, qué victorioso, qué alegre! Como quien tan bien salió de la batalla adonde ha ganado un tan gran reino, que todo le quiere para vos, y a sí con él. Pues, )es mucho que a quien tanto os da volváis una vez los ojos a mirarle?
Si estáis con trabajos o triste, miradle camino del huerto; (qué aflicción tan grande llevaba en su alma!; pues con ser el mismo sufrimiento la dice y se queja de ella. O miradle atado a la columna, lleno de dolores, todas sus carnes hechas pedazos por lo mucho que os ama: tanto padecer, perseguido de unos, escupido de otros, negado de sus amigos, desamparado de ellos, sin nadie que vuelva por él, helado de frío, puesto en tanta soledad, que el uno con el otro os podéis consolar. O miradle cargado con la cruz, que aun no le dejaban ni respirar. Os mirará él con unos ojos tan hermosos y piadosos, llenos de lágrimas, y olvidará sus dolores por consolar los vuestros, sólo porque os vais vos con él a consolar y volváis la cabeza a mirarle.
(…) Y vuelvo a certificaros que, si con cuidado os acostumbráis a lo que he dicho, que sacaréis tan gran ganancia que, aunque yo os la quisiera decir, no sabré. Pues acercaos a este buen Maestro, muy decididas a aprender lo que os enseña, y su Majestad hará que no dejéis de salir buenas discípulas, ni os dejará si no le dejáis. Mirad las palabras que dice aquella boca divina, que en la primera entenderéis luego el amor que os tiene, que no es pequeño bien y regalo del discípulo ver que su maestro le ama.
Teresa de Jesús, Camino de Perfección, cap. 26